Crónicas de Browne (XII): SU PRIMER HIJO

SU PRIMER HIJO

‘I Guess That’s Why They Call It The Blues’ suena ensordecedoramente en los altavoces del coche. Ataúlfo regresa a casa, con tranquilidad. Antes de cruzar la puerta de su hogar tiene que decidir cómo le va a contar a su novia la novedad. Quizás sería conveniente que no se anduviera con rodeos, pues él sabe que desde que está encinta Verónica se ha vuelto muy irascible. <<Sí, del tirón>>, concluye. Apaga la radio y arroja el consumido pitillo por la ventanilla unos metros antes de llegar a su casapuerta. Entra formando un poco de ruido para que ella advierta su presencia.

—¡Amor! Ya ha llegado tu hombre —anuncia él.

—¡Hola cariño! —ella le saluda con un beso.

—Siéntate.

—¿Por qué? —pregunta mientras fruncen el ceño.

—Hazme caso, es por tu bien y el de nuestro hijito —contesta él palpando la barriga de su futura cónyuge.

—Vale, venga, suéltalo.

—¡Tenemos casa! ¡Gratis!

—¿Qué! —ella cambia el gesto por uno de sorpresa—. Ataúlfooo….

—Tranquila, no te exaltes.

—¡No me exalto!

—Déjame contártelo. Pero tranquila, ¿eh? —él le da unas palmaditas en la mano—. Me he encontrado al párroco y le he comentado que buscamos una casa más barata. Entonces él me ha dicho que nos deja vivir en una casa sin pagar ni un céntimo, si cuidamos la ermita que está a las afueras.

—Ya te has fumado otro porro —ella se levanta y se dirige a la cocina—.

—No… sí, pero no es el caso. Yo tampoco le he creído, pero me ha asegurado que incluso nos paga el agua y la luz si ventilamos el santuario ese.

Ella lo abraza y rompe a llorar.

—¡No me gusta!

—Cariño, no tenemos más opciones. Con los gastos del coche, de la comida… con los gastos de nuestro niño… no hay tutía.

Verónica lo entiende perfectamente; no es que sea tonta, es que siempre ha tenido pálpitos. Buenos, malos. Ella entiende que todo lo bueno que les está sucediendo ahora les pasará factura pronto. Y, sabiendo que lleva más de dos meses de embarazo, no es algo como para estar indiferente…

—Mañana tengo cita con el ginecólogo, estoy segura de que algo irá mal.

—¡Qué va! Confía en mí, a Alvarito no le pasa nada. Tendré que acompañarte para que estés más tranquila.

Esta consulta de Alcora está normalmente vacía y hoy no es una excepción. El ginecólogo les abre la puerta invitándoles a sentarse.

—Ahora voy a ver cómo está tu hijo, Verónica. No te pongas nerviosa, todo debe de ir viento en popa —ella se desviste y se apoya en una camilla; su cara refleja temor, como si hubiera visto a un fantasma—. Bien, bien, aquí está uno y… ¡OH! —el médico se calla ante el estupor de su paciente.

—¡Qué! ¡Lo sabía! ¡Algo maligno! —Verónica tiembla.

—Qué pasa, doctor —Ataúlfo conserva la calma.

—Tranquilidad, relajaos —el ginecólogo sonríe aunque Verónica sigue displicente—. Vuestros hijos están bien.

—Querrá decir hijo—replica Ataúlfo.

—Vais a tener gemelos —el médico les felicita.

Ataúlfo da un puñetazo a la mesa y sale de la consulta encrespado. Verónica conoce ahora cuál es el mal agüero que barruntaba.

Ella espera a su novio sentada a la mesa, con la cena servida. Él llega con el discurso bien aprendido.

—No podemos tener dos hijos —comienza él—, no tenemos dinero suficiente. No hay más remedio, abortar.

—¡Jamás! —ella se pone a su altura—. Yo quiero a Alvarito, no pienso abortar. Podemos darle el otro a…

—¡A quién! Aquí, en Alcora, somos poquísimas personas, nadie quiere otro hijo… mejor dicho, NADIE PUEDE PERMITIRSE OTRO HIJO. Sólo nos queda una opción.

Ataúlfo hace un gesto con su dedo índice que espanta a Verónica; sin embargo, ella sólo le tiene a él y hará lo que su novio crea conveniente. Ataúlfo sigue narrando su plan.

—Quitando al médico, nadie sabe que vamos a tener gemelos. Que todo siga como hasta ahora. Vamos a tener sólo a Alvarito. Ah, y mañana nos mudamos a la ermita.

Cinco meses más tarde, los futuros padres están instalados en una casa adosaba a la ermita. Es de noche, aunque nadie lo diría por la claridad que proporciona la luna. La tranquilidad que se respira es levemente perturbada por la brisa que recorre este deshabitado paraje.

—Ha llegado una carta del doctor —Verónica se la ofrece.

—¿Has ido a verle? —él se sorprende.

—Sí, pero hace más de un mes que no le veo.

—¡Eres estúpida! —él tira la carta de un manotazo—. Qué quieres, ¿que todo Cristo se entere?

—No metas a Dios en esto.

—¿Que no lo meta? Él está tan metido en esto como tú y yo. Él nos envía a dos en vez de a uno. Por eso vamos a hacerlo en la ermita.

—¡Estás loco! ¡AH! —ella se lleva las manos a la barriga.

—¡Cariño! ¡Perdona! ¡Cálmate! —él trata de relajarla—. Vamos a la ermita.

Todo está dispuesto en la capilla vacía. Él consigue que la menos futura madre se suba a la mesa del santuario.

—Yo creo que el primero, pues al nacer antes vive algo más que el otro.

—¡Ah! ¡Qué imbecilidad es esa! El primero es Alvarito sí o sí.

—De acuerdo cariño. Que sea lo que Dios quiera.

Los gritos de dolor se pierden en el despoblado bosque. El llanto de la vida suena una vez; y luego otra.

—¡Mis bebés! ¡Mis hijos! —Verónica agarra a sus hijos con fuerza, mientras cierra los ojos.

—Despídete del otro.

—Ni hablar, son mis hijos, ¡los dos!

Ataúlfo desobedece a su esposa y ase al segundo hijo. Verónica no puede relanzar el ataque de su marido, pues tiene las fuerzas enervadas por los nacimientos. Entre chillidos de dolor femeninos, él no es capaz de mirar por última vez a su otro hijo mientras le retuerce el cuello. Verónica cae desmayada ante tal crueldad humana.

<<¡Lo he hecho por el bien de todos, cariño!>>, confiesa interiormente el asesino a la par que derrama una lágrima. <<¡Qué querías que hiciera! Le hubiéramos reprochado siempre que él no era querido, que por su culpa éramos todos desgraciados>>, se compadece de sí mismo.

El asesino entierra las pruebas de su pecado mortal detrás de la ermita donde ha cercenado la efímera vida de su segundo hijo. Parece olvidar su crimen al ver a su neonato Alvarito. Sale de la capilla orando un Padre Nuestro, o lo poco que recuerda de este rezo, mientras sostiene a sus dos seres queridos.

Tras acostar a su esposa-madre con su primer y ya único hijo, Ataúlfo se dispone a olvidar las penas que más bien son un homicidio voluntario. Se sirve una copa, la cual agita mientras mira al infinito. Su mirada perdida advierte un sobre en el suelo. <<Ah, del médico>>. Él se inclina un poco para cogerla pero no alcanza. Lo intenta otra vez mas no logra su objetivo. Molesto por esta situación, aunque curiosos sus ojos por ver qué cuenta la carta, decide levantarse para recogerla. Rasga el sobre con cuidado y saca un papel firmado por su ginecólogo. Él la lee:

Estimados Sr. y Sr.ª Ortiz:

He intentado ponerme en contacto con ustedes pero no me ha sido posible. Iré al grano. Las pruebas que realizamos a Verónica, entre ellas la amniocentesis, revelan una anomalía congénita en el feto más próximo a la vagina. Debido a eso, su primer hijo no vivirá más de una semana. Lamento tener que darles esta noticia de forma tan fría. Estoy a su entera disposición, pasen por mi consulta en cuanto puedan.

P. D.: Al menos Dios ha sido bondadoso con ustedes y les ha brindado otra oportunidad con el segundo gemelo.

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One CommentDeja un comentario

  1. Ataúlfo Ortiz suena fatal.

    Me alegro de no ser su hermano y de que a Gloria no le guste el nombre de Ataúlfo.


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