Crónicas de Browne (XI): CH’I-LIN

CH’I-LIN

—Ay de nosotras, visitar Pekín vestidas de esta guisa —criticó Mili.

—No seas plasta, tía —rogó Julia—. Ya sabes que tenemos que acostumbrarnos al traje para que luego, al bailar, no nos moleste.

—Menos mal que aquí nadie me conoce —dijo Mili mirando hacia todos los lados— que si no otro gallo cantaría. Mira, vamos a entrar en esta tienda de cuchillos, dicen que las herramientas pekinesas son de excelente calidad.

—Tú siempre creyendo todo lo que te dicen, tía.

—Cállate, deja que pregunte. Perdón señor, ¿cuchillo cocina?

—¿Cuillo sina? —preguntó el comerciante haciendo gestos con la mano como si estuviese cortando la mesa.

—Sí, sí —asintió Mili.

—Cuillo sina, bueno —el comerciante le mostró unos cuantos machetes.

—No —objetó ella—, machete no, cuchillo cocina.

—Cuillo sina, bueno —repitió el vendedor acercándole los machetes.

—Este no tiene —concluyó Julia—, vamos a otra tienda.

—Vale —dijo mientras ambas salían del comercio.

—Cuillo bonito —otro vendedor las paró para ofrecerles otro machete.

—No, gracias —Mili negaba con la cabeza.

—Cuillo, cuillo —más mercaderes se acercaron con sendas armas.

—Tía —dijo Julia mientras aceleraba el paso— que cada vez vienen más, deben de haberse enterado de que quieres un cuchillo.

—Sí, aligera el paso.

—¡¡Cuillo!! ¡¡Cuillo!! —repetían ellos nerviosamente al mismo tiempo que sostenían los machetes.

—¡Venga! ¡Que vienen, corre! —ellas se pusieron a correr ante el temor de ser agredidas.

—¡Tengo miedo! —reconoció Julia—. ¡Corre! ¡Nos están siguiendo! —los comerciantes las seguían asiendo los machetes intentando vender la mercancía.

—¡Entremos en ese templo! —propuso Mili.

—¡Vale! —los vendedores se detuvieron ante el santuario y dieron la vuelta—. Uf —Julia bufó—, creía que nos mataban.

—Qué exagerada. Lo que pasa es que como se expresan de esa forma tan peculiar, pues parece que están cabreados.

—Fuera templo, aquí no —les avisó un guarda—, visita no.

—Tranquilo —Mili intentó convencerle enseñando su estrafalario traje—, somos monjas colombianas.

—¿Qué! —Julia se sorprendió.

—¡Sh! —le susurró Mili—. Déjame a mí.

—Fuera templo —persistía el vigilante.

—Monjas, Colombia —Mili simulaba rezos con las manos—, venimos rezar.

—Bien —él parecía de acuerdo con la explicación—, entra.

—¡Qué fuerte, se lo ha tragado, tía! —exclamó Julia—. Se ha creído que el traje es de monja.

—Una que tiene arte… —indicó Mili cerrando los ojos y señalando a su cuerpo.

—Este templo es un poco extraño, ¿no?

—Sí… —en ese instante sonó un gong.

—¡Áaahh! —chillaron las dos al unísono.

—Ah, mi cabeza —Mili estaba algo perturbada.

—Oh, qué ruido más molesto, vámonos que esto no me gusta —Julia tenía las manos en las orejas.

—¿Por dónde se sale?

—Ahí hay una puerta, creo que puede ser la salida. Ábrela a ver.

—Ábrela tú.

—Está bien, tía —Julia giró el pomo—. Un… ¿bosque? Pero, ¡si no había bosque!

—Debe de ser otra puerta. Caminemos un poco, seguro que hay algún cartel que nos diga dónde estamos.

—Seguro que lo hay, ¡en español! —ironizó Julia.

—Pues… tú camina, que hasta las dos en punto no tenemos que bailar.

—¡Una tumba! —Julia señaló hacia una lápida.

—¡Ah! ¡Qué es esto! ¡Un cementerio!

—Tía, cálmate. Vamos otra vez al templo, que ahí no hay fantasmas.

—¡¡Alto!! —un anciano serio apareció, sostenía un libro algo gastado.

—Éste debe de ser otro guardia —dedujo Mili—. Somos monjas colombianas.

—Eso es una calumnia —replicó el hombre.

—Sí, es cierto —insistía Mili.

—Nos ha pillado, tía, no sigas. Es mentira, no somos monjas, nos hemos perdido, si pudiera decirnos por dónde se sale…

—¿Te crees que nos va a comprender?

—Silencio —ordenó el anciano moviendo tan sólo la boca—. Sólo los sabios más excelentes y los necios más acabados son incomprensibles. Soy Kung Fu Tse.

—¡Tía, que es karateca, nos va a dar una paliza!

—Basta ya de decir sandeces —avisó él frunciendo el ceño—. Soy Kung el Sabio, éste es mi bosque. Qué hacéis aquí.

—Ya se lo hemos dicho, nos hemos perdido —respondió Julia.

—Abandonad inmediatamente estos parajes —Kung se marchó.

—Conque una que tiene arte —le reprendió Julia—. Ahora cómo vamos a salir de este… ¡cementerio!

—Qué histérica te pones, hija, que no son ni las doce y hace un sol de justicia. ¿Te crees que va venir algún espíritu a estas horas?

—¿Espíritus? Qué miedo, yo salgo de aquí por piernas —sentenciaba Julia cuando vio a un joven—. Mira a ese tipo, está intentando atrapar a un caballito.

—Qué caballo más raro, la cola parece de león. Y en la frente tiene… ¡un cuerno!

—Un cuerno bastante largo, es un unicornio. Pero, ¿ese animal no era mitológico?

—¡El joven intenta cazarlo! ¡Mira, el unicornio se está defendiendo, intenta empalarle!

—El joven tiene un machete o algo así, escondámonos detrás de esos arbustos.

—¡Ha desaparecido! ¡El unicornio se ha esfumado!

—¡El joven nos ha visto! ¡Viene hacia nosotras!

—¡Tranquilas! ¡No os voy a hacer daño! —prometió tras soltar el machete—. Necesito vuestra ayuda.

—Qué bien hablan español en este sitio… —se sorprendió Mili.

—¿Qué te ha hecho ese unicornio?

—Nada. Pero necesito el cuerno de Ch’i-lin para sanar a mi hijo de dos años.

—Oh, tiene pareja…

—¡Calla, insensible! —reprochó Julia a su amiga—. ¿Qué le pasa a tu hijo?

—La enfermedad sagrada, epilepsia. Hay que perforar el cuerno hasta convertirlo en vaso. El que beba de él se volverá inmune al mal. Así mismo, el polvo obtenido puede ser administrado en una pócima como protección contra las drogas mortales.

—¿Por eso quieres sacrificar al unicornio? —indagó Mili.

—¡No! —contradijo con enfado el joven—. Xie Wu no va a matar a Ch’i-lin —juró refiriéndose a sí mismo.

—¿Y cómo vamos a ayudarte si ha desaparecido?

—Ch’i-lin puede *teletransportarse una vez al día para huir de algún peligro. Necesito vuestra cooperación.

—Yo no pienso quitarle el cuerno al animalito —Mili cruzó los brazos en señal de protesta.

—No te preocupes —Xie Wu trató de aquietarla—, una vez arrancado, un nuevo cuerno prorrumpirá en Ch’i-lin.

—De acuerdo —resolvió Julia—. Qué tenemos que hacer.

—Para capturar a Ch’i-lin —indicó el desdichado padre— se requiere una doncella de corazón puro. A la criatura le atrae su pureza, y ante ella él muestra la simple ternura propia de su índole, dejándose acariciar.

—Oh, qué romántico —Mili se abrazó a sí misma tras cerrar los ojos.

—Vale ya, tía —Julia le dio una palmada en la espalda—. Esto es algo serio. ¿Dónde estará el unicornio?

—Posiblemente esté en la orilla del río Zhushui, pues a mediodía suele contemplar durante un rato largo el Sol sin ni siquiera obnubilarse.

—Vayamos a ese río, entonces —los tres empezaron a recorrer el sepulcral bosque.

—Toma —Xie Wu le ofreció una planta a Julia.

—¿Para qué es esto? —preguntó ella.

—A Ch’i-lin le encanta el olor a lavanda. Tú pareces ser más pura.

—¡Eh! Y yo qué —se quejó Mili.

—Tú también puedes acercarte a él —sonrió el joven.

—Silencio, ahí está —Julia señaló hacia el cuadrúpedo—. Se dispone a beber agua.

—No, Ch’i-lin rara vez inclina la testuz. Sólo bebe del agua que desciende. Aproximaos a él lentamente —ellas obedecieron.

—Yo creo que se va a espantar —previó Mili.

—Tú camina despacio y déjame a mí.

—Sí, a la experta en mitología —satirizó Mili.

—Sigue ahí, fijando la vista en el Sol.

—¡Ch’i-lin!

—Qué haces, tía, que le vas a asustar —censuró Julia a la par que el unicornio se percataba de la presencia de ambas.

—Nos ha visto —susurró Mili—, con sus preciosos ojos azules.

—Calma, voy a acariciarlo —ella deslizó su mano por el lomo.

—Se deja. Yo también quiero —el unicornio aparentaba estar sosegado—. ¡Mira cómo se ilumina el cuerno!

—Mira, está olisqueando la mano con la que sujeto la lavanda. Está bajando la cabeza para acariciarme las piernas.

—¿Podré subirme a horcajadas en él?

—Mejor no nos arriesguemos… ¡El chino viene hacia aquí!

—¡Ahora! —gritó él al tirar del cuerno.

—¡El unicornio, se está enfureciendo! —el unicornio soltó un relinche grave.

—¡No puedo arrancárselo!

—¡Se va a escapar! —advirtió Julia.

—¡No hay otra solución! —Xie Wu sacó un machete y se lo clavó.

—¡Qué has hecho! —gritaron ambas.

—No tenía más remedio, ha sido por mi hijo —el unicornio se tambaleó y dio con sus huesos en el suelo.

—¡Oh! ¡Su sangre es plateada!

—¡Insensatos! —Kung Fu Tse apareció demasiado tarde—. ¡Habéis matado a Ch’i-lin!

—Ha muerto —sollozó Mili.

—Perdón, maestro Kung —se lamentaba Xie Wu.

—¡Salen llamas del unicornio! —indicó Julia.

—Apartaos —ordenó el anciano. El cuadrúpedo se consumió, dejando sólo cenizas y el cuerno, ahora apagado.

—Necesito esto, maestro. Mi hijo está enfermo.

—Necio, no te servirá de nada. Muerto Ch’i-lin, el asta no tiene poderes —Xie Wu arrojó el cuerno al río, maldiciendo mientras se marchaba.

—¡Fijaos! El cuerno se ha convertido en un cangrejo ermitaño —notó Julia.

—El agua siempre ha sido su elixir —reveló Kung Fu Tse.

—Pobre animalito, habría que ajusticiar a ese hombre —dijo Mili.

—Sufrir una ofensa no es nada, a no ser que nos empeñemos en recordarla —comentó el sabio.

—¿Y el pobre unicornio?

—Nada ni nadie es imprescindible —respondió el anciano.

—Voy a probar una cosa —Julia cogió el cuerno y lo puso junto a las cenizas.

—Qué pretendes —preguntó Mili.

—¡Mira! —Julia vio cómo las cenizas se arremolinaron en el cuerno, que desprendió una luz blanca intensa.

—¡No puedo ver!

—¡Yo tampoco! —se quejaron hasta que la luz desapareció.

—¡Oh! ¡Ch’i-lin! —Kung Fu Tse sonrió por vez primera.

—¡Está vivo! —ellas se congratularon mientras el unicornio corría salvajemente.

—Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad —comentó el sabio.

—¡Y dale con los refranes! —Mili cruzó los brazos.

—Son proverbios. Tomad esto como muestra de mi agradecimiento —él entregó a ellas una piedra.

—¿Qué es esto? —preguntó Mili sin percatarse de que Kung Fu Tse se había esfumado—. Y ahora cómo salimos de aquí…

—Vayamos hacia el templo —comenzaron a caminar.

—Sí, será lo mejor.

—Una piedra verdosa con manchas rojizas…

—¿Un amuleto contra el mal?

—Ahí está el templo… no me había fijado en que tenía los tejados amarillos.

—Entremos —se oyó un horrísono gong.

—¡Otra vez el puñetero disco, tía!

—¡Marchémonos de aquí antes de quedarnos sordas!

—¡La salida, por fin!

—¡Um! Qué alivio —a Mili le reconfortaba la ausencia de ruidos.

—¿Le preguntamos a ese guía si sabe algo acerca de la piedra?

—Venga.

—Perdón, ¿sabe qué es esto? —Julia se dirigió al guía.

—Sí, una piedra de jade —contestó él.

—¿Y la inscripción que hay en ella? —le preguntó Mili.

—Ah, veamos —él la examinó—. ¡Oh! Se parece mucho a la de la leyenda. ¿Queréis oírla?

—¡Claro!

—Una mujer peregrinaba —narró el guía— cuando un unicornio se le apareció en medio del camino. Se arrodilló ante ella y le dio una tablilla de jade con la siguiente profecía inscrita: “El hijo de la montaña de cristal, la esencia del agua, perpetuará el reino caído de Chu (el regente en ese tiempo) y será un rey sin corona”. En ese momento se encarnó vida en el vientre de la mujer, y después de nueve meses dio a luz a un hijo llamado Kung Fu Tse. Éste se convirtió en un gran filósofo y maestro, alteró el pensamiento y la historia de la cultura china más que ningún otro emperador, sin haber desempeñado un cargo en el gobierno… verdaderamente un rey sin reino. A la muerte de Kung Fu Tse, sus discípulos enterraron sus restos mortales en Qufu, su pueblo natal, a orillas del río Zhushui. De entonces ahora, el Unicornio pasó a llamarse Ch’i-lin: Ch’i se llamó al unicornio macho y Lin a la hembra. Kung Fu Tse fue conocido en occidente como Confucio.

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