Crónicas de Browne (I): “EL INGLÉS, EL FRANCÉS Y EL ESPAÑOL”

PRÓLOGO DE FERNANDO FERNÁN GÓMEZ


PRÓLOGO

“¡A la mierda! ¡A la mierda! ¡Váyase usted a la mierda! ¿Que si soy un maleducado? ¡Pues sí! ¡Y mucho! ¡Váyase usted A LA MIERDA!”

Fernando Fernán Gómez.


EL INGLÉS, EL FRANCÉS

Y EL ESPAÑOL

Esto era un inglés, un francés y un español que se fueron de viaje a Jimena. Estando en dicho municipio se les ocurrió aproximarse a San Pablo del Buceite, pueblo vecino. Querían comprobar si era cierto el mito del ‘Cartel de Renault sin las dos últimas letras’, es decir, un cartel que pondría lo siguiente: “Renau”. ¡Vaya toalla! Durante su trayecto se perdieron, y eso que San Pablo del Buceite estaba a sólo 347 metros de Jimena, con lo que acordaron preguntar a un agente de la benemérita. Éste les contestó: “Cojé la zegunda arcanzela a la deresha, luego zeguí por el puente y Zan Pablo der Bucete está cahi, cahi, cahi ar finá der camino angohto”. Gracias a la inestimable ayuda del poli llegaron a su destino, pero ahí empezaron sus desdichas. Al español le dio la paranoia de visitar Gibraltar, pero el carajote no se percató de que llevaba una camisa del ejército español. Pues nada, el tío (ole sus cojones) se planta en el peñón al grito de: “¡Gibraltar, ESPAÑOL!”. Claro, el chaval no duró ni cinco segundos (que en euros no sé cuánto será). Y es que un soldado británico —sí hombre, uno de éstos que van andando todo serio, con la vista al infinito, pateando el aire, y que no se perturba con nada— sí que se inmutó y le dio tal cosqui al spanish que lo mandó al cielo (q. e. p. d.).

El gabacho permanecía con el inglés. Total, que el francés comienza a decir: “¡Vámonos a Madrid, vámonos a Madrid!”, a lo cual accedió el otro guiri.

Pero bueno, la naturaleza es caprichosa e hizo resucitar al español, que al verse de nuevo con vida levantó su voz más de lo acostumbrado (gritó, en una palabra) y dijo: “¡Ole mis cojooones!”. Tal fue su alegría y efusividad que decidió irse de parranda él solito con su mismidad. Y claro, como iba sin rumbo y todos los caminos llegan a Roma, acabó en la Ciudad Eterna.

A todo esto, los otros dos (de cuyos nombres no quiero acordarme porque no los sé) llegaron a Madrid, la Ciudad Interna. El francés, como estaba aburrido, le estaba haciendo un francés al inglés, que permanecía ojo avizor a verlas venir.

Lo primero que hizo el español al llegar a la capital del país de la bota fue dirigirse a la Fontana di Quatri, para echar algún eurito, porque como cuenta la leyenda de la loba: “El que echa dinero en Roma, folla”. En estas que se encuentra a un viejo amigo suyo italiano, Fabrizzzzzzzzio. El tal Fabrizzzzzzzzio estaba tocando el ukelele, pero todo el rato en do: “do, do, do,…”. Un coñazo, vamos, aunque al menos el italianninni tenía una hermana que era poco inteligente y antipática e (es decir, estaba muy buena). Fabrizzzzzzzzio invitó al español —que tampoco sé cómo se llamaba, pero seguro que Pepe o Paco, como todos los hispanos— a su casa. En ésta había tres dormitorios (o follatorios, como prefieran): uno para Fabrizzzzzzzzio, otro para la hermana y otro para Pepeopaco. Entonces el español pensó para sus adentros: “Esta noche ‘Operación Triunfo’. A las tres o a las cuatro me cuelo en el cuarto de al lado por la ventana para conocer bíblicamente a la hermana”. Así que entre las 3 y las 4 a. m. la penetró (¡a la ventana, mal pensados!), accedió al cuarto y la penetró (esta vez sí, a la hermana). Los alaridos de la ragazza eran de soprano, así que no tardó en darse cuenta su hermano: “¡No le entres a mi hermana!”, dijo Fabrizzzzzzzzio —un tipo habitualmente jovial y vivaracho— con una vara en la mano. Total, que Pepeopaco salió por donde había entrado, por la ventana, pero volando.

Los otros dos, los guiris sin nombre, después de sus inolvidables experiencias sexuales, estaban departiendo sobre su ramalazo y homosexualidad, y compusieron una canción los dos juntitos: “¡Tu culo es mi culo, movimiento gay!”. Tras canturrear un buen rato, y al estar muy cansados física y sexualmente, repicaron por fin las campanadas que anunciaban el 2000 y decidieron hacer el efecto dormir. A la mañana siguiente florecieron los capullos (no esas flores, los guiris) y recibieron una llamada de Pepeopaco: “Venid, la Ciudad Eterna”. El británico se extrañó al conocer que el hispano paraba en Suiza; pero al haber dicho que “la ciudad e Berna”, pusieron rumbo a Berna. Como era temprano, y tenían hambruna, pararon en una venta, y se encontraron a la Tuna. Al no quedarles pasta no pudieron pedir pasta, se contentaron con un café solo, sólo un café para los dos. Menos mal que el gabacho escudriñó las mesas y se percató de que una rebanada de pan untado con manteca estaba abandonada a su suerte. Estiró su pezuña derecha para acercar la mesa sin que nadie advirtiera la jugada, mas le dio a un viejo que espetó: “¡No me des coces!”. Tras este mal trago alcanzó la susodicha tostada, aunque el anglosajón se quejó de que estaba un poco quemada por el reverso. “No le mires los dientes al burro”, replicó el franchute. Se jalaron la rebanada y salieron a los aledaños del bar buscando un coche que robar. “¡Merdg!”—dijo el galo— “¡Mi cochè!”. Efectivy wonder, era el coche que le robaron cuando llegó a España. Bueno, robado, robado… no sé yo; porque el vehículo estaba aparcado donde él lo dejó la última vez. Conclusión: el subnormal se lo dejó olvidado y había recorrido media España en autostop. Como todavía conservaba las llaves, los dos se montaron para proseguir su peculiar travesía. El bretón le preguntó si el coche era comunista, puesto que no tenía ni un lujo. Y como todos los caminos llegan a Roma, ahí acabaron.

Se encontraron a Pepeopaco tirado en el césped. Éste les esclareció la situación: “Fabrizzzzzzzzio está mosqueado conmigo porque ayer por lo visto me tiré a su hermana”. “¡Cómo que por lo visto, serás cabrón!”, le reprendió el inglés mientras Fabrizzzzzzzzio despotricaba del español por la ventana. Se marcharon con el coche comunista y pararon en un descampado. Como se aburrían, el español y el francés decidieron representar una obra. El español interpretaría a Julio César y el francés a Brutus:

(Brutus apuñala al César)

—César: “¡Ah, nooo, Brutus, hijo mío!”

—Pero, ¡di algo en italiano! —le increpaba Brutus.

—César: “¡Ah, ah, Brutus, spaghetti! ¡Nooo! ¡Tortelinni!”

Viendo que la obra era una mierda dejaron de “interpretar”, momento en el que se acerca (ésta sí que era una loba) una italiana:

—¡Ciao! ¿Vosotros *tipotáis?

—¿Cómo? —se extrañó el galo.

—Que si vosotros *tipotáis —repitió la guiri.

—No entendemos —replicó el hispano.

—*Tipotar, rilar… ¡FOLLAR! —exclamó la ragazza.

—¡Ah! No, somos gays, lo sentimos feísima —concluyó el británico al mismo tiempo que los tres se iban escopeteados en el comunista.

—¡Cornutos! —gritaba la fea.

Como tenían hambre, se dispusieron a tapear en Varsovia (que no conozco dónde está, pero debe de ser la hossstia de lejos). Se encontraron a una pareja que les preguntó si habían visto a sus hijas, unas alemanas rubias y altas. “No”, fue la contundente respuesta que les dieron. La pareja se marchó y a los trenita y cinco segundos llegaron tres teutonas impresionantes. Al galo se le olvidó que era gay hasta tal punto que indicó: “Esa, a parte de teutona, debió de salir en Tetanic”. Al acercarse las germanas el inglés les comentó:

—Acabamos de conocer a vuestros padres, están tapeando.

—Sí —contestó una.

—Nuestros padres nunca fallan —dijo otra.

—¡Huy! —voceó el galo—. Cuidado con lo de nunca fallan, no nos vayamos a confundir de término, que hoy es Domingo, el día del señor. Por cierto, ¿vosotras tapeáis?

—¿Cómo? —respondió una teutona.

—Que si vosotras tapeáis —repitió el español.

—¡¡¡Aahh!!! ¡¡¡FOLLARRR!!! —dijo otra.

—No, tapear no es eso… —el inglés intentó corregirla, mas fue en vano.

—¡Quieren follar! ¡Por fin chicas! —prorrumpieron ellas.

En un último intento, el francés trató de preservar su condición sexual: “¡Noo, somos gays! ¡¡¡Nooooooooo!!! Noo… No… Sí… ¡Sí! ¡¡¡Síiiiiiiii!!!”, aunque, como se puede comprobar, puso poco empeño en defender.

Claro, Pepeopaco no se acordaba de lo que había hecho nada más aterrizar en la Ciudad Eterna… porque como cuenta la leyenda de la loba: “El que echa dinero en Roma, folla”.

Published in: on noviembre 8, 2008 at 12:20 pm  Dejar un comentario  
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